domingo, 20 de marzo de 2011
EXPOSICIÓN EN LA BIBLIOTECA
viernes, 18 de marzo de 2011
GABRIEL CELAYA
Hoy hubiera cumplido cien años. Su verdadero nombre era Rafael Gabriel Juan Múgica Celaya Leceta. Así que utilizó toda esa retahíla de nombres y apellidos para firmar sus trabajos bajo diversos seudónimos: Rafael Múgica, Juan de Leceta o Gabriel Celaya. Este último nombre, que empezó a utilizar en 1946, se ve que es el que más le gustó.Desde el principio entendió la poesía como un arma para cambiar el mundo; no como un fin en sí misma sino como un instrumento de denuncia al servicio de las mayorías.
Es, seguramente, el máximo representante de la poesía comprometida de la postguerra española: lo que se conoce como poesía social. Siempre me ha resultado especialmente simpática su "Biografía":
No pongas los codos en la mesa.
Dobla bien la servilleta.
Eso, para empezar.
Extraiga la raíz cuadrada de tres mil trescientos trece.
¿Dónde está Tanganika? ¿Qué año nació Cervantes?
Le pondré un cero en conducta si habla con su compañero.
Eso, para seguir.
¿Le parece a usted correcto que un ingeniero haga versos?
La cultura es un adorno y el negocio es el negocio.
Si sigues con esa chica te cerraremos las puertas.
Eso, para vivir.
No seas tan loco. Sé educado. Sé correcto.
No bebas. No fumes. No tosas. No respires.
¡Ay, sí, no respirar! Dar el no a todos los nos.
Y descansar: morir.
Sin embargo, su poema más emblemático es, sin duda, "La poesía es un arma cargada de futuro":
jueves, 17 de marzo de 2011
PRÓXIMAMENTE...

miércoles, 16 de marzo de 2011
ESE MÁGICO VICIO
Me dijo un día un niño de nueve años: "Me gusta más leer que ver la TV. ¿Sabes por qué?" "¿Por qué?", le pregunté. "Porque la TV me obliga a ver las cosas como ella quiere y en los libros soy yo el que imagino las cosas que el libro me dice". Tenía razón el niño. Una imagen vale más que mil palabras. Es verdad. Pero no es menos cierto que un libro vale por millones de imágenes. Leer es alcanzar el máximo prodigio. Conseguir que a través del tiepo y del espacio podamos establecer un contacto profundo entre dos seres, el autor y el lector que nunca, o rara vez, van a coincidir en ese tiempo y en ese espacio. Esta comunicación milagrosa es la forma más sofisticada de relación interpersonal. Leer, descubrir los mensajes que un ser humano ha dejado escritos para que otros seres los reciban y los comprendan, es el más excitante de los retos intelectuales.
El libro sigue siendo el depositario de la aventura cultural del hombre. Por medio de ese breve objeto, asequible, autosuficiente, el hombre recibe de corazón a corazón, de cerebro a cerebro, la corriente inagotable de un río que se alimenta en los variados manantiales de la literatura.
Un libro puede ser un objeto pleno de belleza exterior. Pero cualquier libro, hasta el más modesto, mantiene el aroma inmarchitable del escritor que lo creó. Ser capaz de impregnarlo de vida es la grandeza del escritor. Ser capaz de descifrarlo es la grandeza del lector. La lectura es, entre todas las vías de perfeccionamiento cultural la más rica, la más compleja. Leer es, además, el más refinado de los placeres; el más oculto de los vicios mágicos.
jueves, 10 de marzo de 2011
LIBROS AL PESO


"...y su marido, después de cada ausencia traficando con animales en los pueblos vecinos, se acostumbró a traerle libros que en ocasiones compraba no por unidad sino por peso. Cinco kilos de libros. Diez kilos. Una vez llegó con veinte kilos. Y ella no dejó ni uno sin leer y de todos, sin excepción, extrajo alguna enseñanza."
(De 2666, de Roberto Bolaño)
martes, 8 de marzo de 2011
LA MUJER ÁRBOL

Así es como esta mujer de piel negra, negrísima, imposiblemente joven para sus 70 años, llama a las dificultades que ha ido encontrando en su recorrido; una trayectoria que la ha llevado a convertirse en la primera mujer africana –y la duodécima en el mundo– en obtener el Premio Nobel de la Paz.
“Todavía me estoy pellizcando tratando de convencerme de que es verdad y que soy yo”, dijo en su oportunidad sobre la concesión del premio.
A Maathai le dieron la noticia mientras estaba trabajando en Nyeri, su localidad natal, una ciudad situada a 150 kilómetros de Nairobi, en un enclave privilegiado: frente al monte Kenia, el segundo pico más alto de África, y junto a la sierra de Aberdares. Para celebrarlo plantó un árbol allí mismo.
“Las montañas han sido fuente de inspiración a lo largo de la historia. Para la gente que vive cerca del monte Kenia, ésa es su montaña, incluso creen que Dios vive allí. Cuando yo la contemplo siento como si me mirara y me dijera: me están violando”.
Recuerdos de su infancia
Maathai lleva consigo una imagen de su infancia: un riachuelo al que acudía a recoger agua y a observar las plantas y los huevos de rana que flotaban en la corriente. Años después se secó.
“Pero su recuerdo es muy preciado, me ha dado energía todo este tiempo, y cuando trabajo siempre tengo presente la visión de ese arroyo”. Sin embargo, en los años setenta, cuando estaba enseñando anatomía, “la última cosa que estaba en mi mente era el medio ambiente; tampoco me desperté un día y decidí hacerme activista, fue algo que surgió naturalmente”.
Digamos que... una cosa llevó a la otra. Eso explica que en la maleta vindicativa de Maathai se fueran incorporando la protección del medio ambiente, los derechos de las mujeres, la lucha contra la pobreza, la exigencia de democracia y la promoción de la paz, para, desde entonces, viajar inevitablemente juntas y revueltas.
Trayectoria
Maathai se licenció en biología en Estados Unidos y amplió sus estudios en Alemania. Especializada en biología animal, fue contratada como profesora por la Universidad de Nairobi, donde enseñaría durante 15 años.
Allí se convirtió en la primera mujer de África oriental en obtener un doctorado, en 1971, y en dirigir un departamento universitario, el de anatomía veterinaria.
Ya entonces comenzó a implicarse en batallas al margen de lo que era estrictamente su trabajo. Se unió a un grupo para combatir las interferencias políticas en la universidad y los ataques a la libertad de cátedra; ello le llevó a la Asociación de Mujeres Universitarias, para combatir la desigualdad y las diferencias de salario entre profesores y profesoras, y, representando a ésta, Wangari empezó su actividad en el Consejo Nacional de Mujeres, una organización que llegaría a presidir entre 1981 y 1987.
“Me abrió un campo completamente nuevo y me confrontó con los problemas de las mujeres rurales, ya que muchas asociaciones del consejo eran de zonas rurales”.
Con el movimiento feminista en plena ebullición, y preparando la ConferenciaInternacional de la Mujer de México (1975), Maathai pasó mucho tiempo discutiendo y escuchando las frustraciones de las mujeres.
“Hablaban de cosas que yo vi que estaban relacionadas: inseguridad alimentaria, malnutrición; falta de agua, de leña y de ingresos. Les dije: si no tenéis leña, plantad árboles.
‘Eso es el trabajo del guarda forestal’, afirmaban. Y yo repuse que el guarda debía plantar en los bosques y terrenos públicos, pero ellas podían hacerlo en sus parcelas”.
Creó el Movimiento Cinturón Verde (MCV) en 1977, como una plataforma para crear grupos de mujeres que formasen y gestionasen viveros de semillas y plantaran los árboles en sus pequeñas huertas, dibujando un cinturón alrededor de ellas.
Los árboles, que Wangari considera “símbolos de esperanza”, son así un medio para conseguir varios objetivos: leña, en un país pobre donde ésta es la principal fuente de energía para cocinar y calentarse; lluvia, atraída por los árboles, que riegue los campos; comida, nacida de los campos regados, que evite la malnutrición; agua para beber, provista por la lluvia.
De paso, luchas contra la erosión del suelo, sensibilizas a la población sobre la necesidad de cuidar el medio ambiente, proporcionas ingresos a las mujeres y les devuelves una imagen positiva de sí mismas y de sus capacidades. No está mal. Para un árbol.
Mis árboles están siendo cortados, mi nieve se derrite, mis ríos se vacían, no tengo nada que ofrecer; ¿no puedes hacer algo?”.
“No me veían como una amenaza. Yo sólo era una loca plantando árboles. A mediados de los 80 empezó a ser evidente que éramos un movimiento fuerte”.
lunes, 7 de marzo de 2011
CHIRIGOTA LIBRESCA
viernes, 4 de marzo de 2011
LAS FLORES DEL MAL
Era cierto. Esa primera edición tuvo problemas con la censura, que mandó retirar —por obscenos— algunos poemas, de contenido o alabanza lésbicos, que en las ediciones posteriores aparecerían bajo el rótulo de Pièces condamnées, o sea poemas condenados. En una primera intención, Baudelaire pensó titular su libro Las lesbianas. Partiendo de una cosmovisión romántica, en la que el artista es el desclasado por antonomasia de la sociedad burguesa (que predica el Bien, su Bien, como basamento del orden del mundo) Baudelaire, desalentado por esa sociedad filistea y obtusa, prefiere el camino del Mal, que no sería a la postre, sino una manera distinta del Bien.
Nace así el malditismo, la búsqueda de la autodestrucción, la inmolación sacral del artista como víctima. Su afición, queridamente amoral, al ajenjo, a la lujuria, a un desorden sensual en que terminará viendo, además, un modo de inspiración. A todo ese malditismo —tema de la nueva poesía— hay que añadir una escrupulosa y magnífica perfección formal, un ritmo que ensaya novedades y una manera de adjetivar, ruptural y rotunda, esteticista y simbolista, que potencia y embellece la novedad y el talento de ese nuevo temblor, que hace de Baudelaire, no solamente un poeta de primerísima fila, sino el padre directo o indirecto de toda la moderna poesía occidental. De él nacen Rimbaud y Verlaine, pero también Mallarmé, Apollinaire y hasta T. S. Eliot. Sin Baudelaire la poesía actual no sería la que conocemos.
Durante toda su vida Baudelaire siguió aumentando Les fleurs du mal cuya tercera y definitiva edición apareció en diciembre de 1868 —algo más de un año tras la muerte de su autor— con prefacio de Gautier, al que iba dedicada. Poemas como Lesbos, Los gatos, La cabellera o Don Juan en los Infiernos —entre tantísimos— cantan la arrogancia dandi del maldito, su hipersensibilidad, su distiguido amor por lo raro, su espiritual sed de lujuria, su ansia de derrocar tabúes para llegar, al fin y casi imposiblemente —el buen burgués no perdona— a un mundo perfecto, sensual y lujoso, sin clero y sin policía.
El juego de las sinestesias, los perfumes que hablan y los colores que sienten forman parte del inmenso legado que se debe a este libro capital cuyo sagrado malditismo llenó la literatura de entresiglos, y es el mismo mal que respira en el título, a veces poco entendido, de Manuel Machado, El mal poema. El mal sacro de los hijos y nietos de Baudelaire, a quien no puede desdeñar poeta ninguno. Hablamos de un genio.