"En algún lugar de la biblioteca hay una página que ha sido escrita para nosotros." (ALBERTO MANGUEL)

viernes, 23 de marzo de 2012

UN POEMA APOCALÍPTICO DE BYRON

VILLA DIODATI

Todo comenzó la lluviosa noche del 14 de junio de 1816, en Villa Diodati, a orillas del lago Leman, en Ginebra. Para matar el aburrimiento, lord Byron, Percy B. Shelley, Mary Shelley, John Polidori y Claire Clairmont decidieron hacer una apuesta que había de pasar a la historia de la literatura e incluso del cine: ver quién era capaz de escribir una mejor historia terrorífica. Sólo Mary y Polidori consiguieron finalizar sus narraciones: Frankenstein o el moderno Prometeo y El vampiro. Byron, que abandonó pronto su historia en prosa, sí pudo terminar el impresionante poema “Darkness” que describe el destino de la humanidad cuando una catástrofe apaga el sol. Hay quien lo considera uno de los primeros poemas de ciencia ficción.




LAS TINIEBLAS

Lord Byron (1816)

Tuve un sueño, que sueño no fue en absoluto;
el brillante sol habíase extinguido, y las estrellas
vagaban a oscuras en el espacio eterno,
sin luz y sin sendero, y la helada tierra
oscilaba ciega y oscureciéndose en el aire sin luna;
llegó el alba y pasó y llegó de nuevo sin traer el día,
y los hombres olvidaron sus pasiones ante el terror
de ésta su desolación; y todos los corazones
se enfriaron en una plegaria egoísta por la luz;
y vivieron junto a hogueras; y los tronos,
los palacios de los reyes coronados, las cabañas,
las morada que habitan bajo techo,
fueron quemadas para iluminarse; las ciudades se consumiéronse,
y los hombres se juntaron alrededor de sus ardientes casas
para volverse a examinar los rostros;
felices eran aquellos que vivían dentro del ojo
de los volcanes, y su antorcha montañosa;
una esperanza pavorosa era todo lo que el mundo contenía;
incendiáronse los bosques, pero otra tras hora
cayeron y se apagaron y los troncos crepitantes
se extinguieron con un estrépito
y todo se hizo negro.
Las frentes de los hombres a la luz que desesperaba
tenía un aspecto sobrenatural, mientras intermitentes
los rayos les embestían; unos se dejaban caer
y escondiendo los ojos lloraban; otros descansaban
sus mentones sobre sus manos crispadas y sonreían;
y otros se apremiaban de aquí para allá, y alimentaban
sus piras fúnebres con combustibles,
y alzaban la vista
con loca desazón al apagado cielo,
palio de un mundo pasado; y luego de nuevo
con maldiciones se arrojaban sobre el polvo,
y rechinaban los dientes y aullaban; las silvestres aves temblaban,
y, aterrorizadas, aleteaban en el suelo,
y batían sus inútiles alas; las bestias más salvajes
hacíanse dóciles y medrosas; y las víboras se arrastraban
y retorcínase entre las multitudes,
sibilantes, pero sin veneno; las mataban para alimentarse.
Y la Guerra, que por un instante desapareciese,
volvía a hartarse: la comida se compraba
con sangre, y cada uno se hartaba hoscamente aparte,
engullendo en la penumbra: no quedaba amor;
toda la tierra no era sino un pensamiento
y éste era muerte,
inmediata y sin gloria; y la punzada
del hambre se alimentaba de todas las entrañas: los hombres
morían, y sus huesos no tenían tumbas,
y tampoco su carne;
el magro por el magro era devorado,
hasta los perros atacaban a sus amos,
todos menos uno,
y éste era fiel a un cadáver, y mantenía
a raya a los pájaros, a las bestias y a los hombres famélicos,
hasta que el hambre los asió, o el caído muerto
sedujo sus enjuntas mandíbulas; el perro no
buscó alimento,
pero con un gemido perpetuo y digno de lastima
y un raudo y desoladogrito, lamiendo la mano
que no le respondió con una caricia, murió.
El hambre de la multitud augmentó paso a paso;
pero dos de una ciudad enorme sobrevivieron,
y eran enemigos: se encontraron junto
las moribundas ascuas de un altar
donde habíase amontonado una pila de objectos sacros
para un uso sacrílego; rascaron,
y temblando escarbaron con sus frías manos esqueléticas
las débiles cenizas, y sus débiles alientos
soplaron, buscando un poco de vida, e hicieron una llama
que era una burla; luego elevaron
sus ojos a medida que aquella se avivaba, y contemplaron
sus semblanteas: se vieron, temblaron y murieron:
hasta de su mutuo horror murieron,
sin saber quién era aquel sobre cuya frente
el hambre había escrito demonio.
El mundo estaba vacío,lo abundante y lo poderoso era un terrón,
sin estaciones, sin hierba, sin árboles, sin hombres, sin vida
un terrón de muerte – un caos de dura arcilla.
Los ríos, lagos y océanos estaban immóviles,
y nada se agitaba en sus silenciosos abismos;
barcos sin marinos yacían pudriéndose en el mar,
y sus mástiles caían haciéndose pedazos; y al caer
dormían en el abismo sin levantar oleadas;
muertas estaban las olas; las mareas en sus tumbas,
pues en la muerte, su amante, la luna, las había precedido;
los vientos se marchitaron en el aire paralizado,
y perecieron las nubes: no las necesitaban
las tinieblas: ellas eran el universo.