lunes 9 de noviembre de 2009

"DIE MAUER IST WEG"

Se cumplen hoy veinte años del fin de una vergüenza: el muro de Berlín. El de 1989 fue un otoño lleno de protestas y manifestaciones en toda Alemania, protestas que culminaron el día 10 de noviembre. Ese día, los titulares de todos los periódicos señalaron: “Die Mauer ist weg” (el muro está abierto). Había caído al anochecer, a las 7.05 de la tarde del día anterior. Os ofrecemos un vídeo que recuerda aquel momento histórico y una versión poética, muy particular, de Mario Benedetti.




EPIGRAMA CON MURO

Entre tú y yo/mengana mía/ se levantaba
un muro de Berlín hecho de horas desiertas
añoranzas fugaces
tú no podías verme porque montaban guardia
los rencores ajenos
yo no podía verte porque me encandilaba
el sol de tus augurios
y no obstante solía preguntarme
cómo serías en tu espera
si abrirías por ejemplo los brazos
para abrazar mi ausencia
pero el muro cayó
se fue cayendo
nadie supo qué hacer con los malentendidos
hubo quien los juntó como reliquias
y de pronto una tarde
te vi emerger por un hueco de niebla
y pasar a mi lado sin llamarme
ni tocarme ni verme
y correr al encuentro de otro rostro
rebosante de calma cotidiana
otro rostro que tal vez ignoraba
que entre tú y yo existía
había existido
un muro de Berlín que al separarnos
desesperadamente nos juntaba
ese muro que ahora es sólo escombros
más escombros y olvido.


MARIO BENEDETTI

jueves 5 de noviembre de 2009

ATRÉVETE A COMENZAR

miércoles 4 de noviembre de 2009

ENCUENTRO CON MARCOS ANA

El pasado 28 de octubre, los alumnos de 2º de Bachillerato (grupos A, B y C) asistieron, en la Junta de Distrito de Loranca, a la conferencia y charla-coloquio con Fernando Macarro Castillo, más conocido por su seudónimo de Marcos Ana. El poeta dialogó con los estudiantes sobre sus vivencias en prisión y sus viajes por Europa y América, en los que conoció a Rafael Alberti y Pablo Neruda. La actividad se organizó desde el Departamento de Ciencias Sociales.
Echa un vistazo a este vídeo donde el poeta recuerda -entre otras peripecias- su experiencia de bibliotecario en la cárcel de Burgos.




¿CÓMO ES LA VIDA?

Decidme cómo es un árbol.

Decidme el canto de un río

cuando se cubre de pájaros.

Habladme del mar. Habladme

del olor ancho del campo.

De las estrellas. Del aire.

Recitadme un horizonte

sin cerradura y sin llaves

como la choza de un pobre.

Decidme cómo es el beso

de una mujer. Dadme el nombre

del amor: no lo recuerdo.

(¿Aún las noches se perfuman

de enamorados con tiemblos

de pasión bajo la luna?

¿O sólo queda esta fosa,

la luz de una cerradura

y la canción de mis losas?)

22 años. Ya olvido

la dimensión de las cosas,

su color, su aroma… Escribo

a tientas: "El mar", "El campo…"

Digo "Bosque" y he perdido

la geometría del árbol.

Hablo por hablar de asuntos

que los años me borraron.

… … … … … … …

(No puedo seguir: escucho

los pasos del funcionario).

martes 3 de noviembre de 2009

103 AÑOS DE LUCIDEZ



Hoy ha fallecido en Madrid, a los 103 años de edad (los había cumplido el pasado 16 de marzo), Francisco Ayala. Docente, narrador y ensayista, fue una voz imprescindible en la cultura española del siglo xx. Su extensa obra, en la que merecen una mención especial la recopilación de relatos El rapto y las novelas Muertes de perro y El fondo del vaso, le hizo merecedor de los premios más importantes de nuestras letras: del Cervantes (en 1991) al Príncipe de Asturias (tres años antes). Era miembro de la Real Academia Española de la Lengua desde 1984. Nacido en Granada, estudió Derecho y Filosofía, se exilió tras la guerra civil y no regresó a España hasta la muerte del general Franco. 103 años lo contemplaron: 103 años de lucidez, de coherencia, de intensidad, de mesura, de creatividad, de entusiasmo... Nunca cerró sus ojos al mundo. Tal vez por eso fue tan longevo.


domingo 1 de noviembre de 2009

DÍA DE DIFUNTOS


EL MUERTO

Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría
no podrá morir nunca.

Yo lo veo muy claro en mi noche completa.

Me costó muchos siglos de muerte poder comprenderlo,
muchos siglos de olvido y de sombra constante,
muchos siglos de darle mi cuerpo extinguido
a la hierba que encima de mí balancea su fresca verdura.
Ahora el aire, allá arriba, más alto que el suelo que pisan los vivos,
será azul. Temblará estremecido, rompiéndose,
desgarrado su vidrio oloroso por claras campanas,
por el curvo volar de gorriones,
por las flores doradas y blancas de esencias frutales.
(Yo una vez hice un ramo con ellas.
Puede ser que después arrojara las flores al agua,
puede ser que le diera las flores a un niño pequeño,
que llenara de flores alguna cabeza que ya no recuerdo,
que a mi madre llevara las flores:
yo querría poner primavera en sus manos.)

¡Será ya primavera allá arriba!

Pero yo que he sentido una vez en mis manos temblar la alegría
no podré morir nunca.
Pero yo que he tocado una vez las agudas agujas del pino
no podré morir nunca.
Morirán los que nunca jamás sorprendieron
aquel vago pasar de la loca alegría.
Pero yo que he tenido su tibia hermosura en mis manos
no podré morir nunca.

Aunque muera mi cuerpo, y no quede memoria de mí.




JOSÉ HIERRO

De Alegría, 1947



martes 27 de octubre de 2009

TAMPOCO A MÍ ME GUSTA (Elogio adolescente de la lectura)


En todas las infancias hay una tía soltera. En la mía había dos. Por eso desconfío de los elogios de la buena conducta, porque detrás de toda tía soltera siempre hay un consejo que nadie le ha pedido pero que se repite, pero que se repite. El de aquellas tías mías era: “No llegarás a nada. Lee, muchacho”. Por supuesto, lo último en lo que piensa alguien a los catorce años es en seguir de cerca los consejos de nadie. Como mucho, de lejos, por encima del hombro, desconfiando. El mundo es suyo y suya es la sabiduría que cabe en su ignorancia.
A mí tampoco me gustaba leer. Ya lo han adivinado. Recuerdo aquellos días. Los recuerdo porque yo era feliz. Tenía catorce años, dicho queda. Leer me parecía, como poco, aburrido. Era lento, pesado, interminable, inútil. Todavía sigue pareciéndome inútil. La vida no es mejor, pero es más ancha ahora. Eso quería decir. Feliz, catorce años. Un final repentino del verano. Nada que hacer. Un libro despistado. La suerte estaba echada. Desde entonces no hay día en que no me pregunte: ¿Por qué leer?
Leer no hace mejor las cosas, hay que decirlo pronto, pero mejora mucho, valiente paradoja nuestra vista casada, nuestra visión del mundo. Leer es una forma de ensanchar nuestro asombro. Y el asombro no es más que la forma más grande que existe de estar vivo. Es una garantía contra el aburrimiento, contra la prepotencia, contra la pobre creencia de que todo está en deuda con nuestros grandes méritos. “Que nadie es más que otro si no hace más que otro”, dice, sabio, el Quijote.
Un libro es un depósito de momentos felices, un lugar donde la vida es justa, un refugio. La emoción es refugio, la memoria, también. No otra cosa es un libro: emoción y memoria. Alguien dijo que un hombre que hubiera vivido un solo día en libertad habría atesorado recuerdos suficientes para pasar el resto de su vida en la cárcel. A veces pienso en situaciones extremas. No en bibliotecas cómodas llenas de libros nuevos. Pienso en un hombre solo y en un solo libro. Ni siquiera en un libro: en su recuerdo apenas. A eso me refiero cuando hablo de refugio. ¿No lo es, en medio de lo peor del día, el recuerdo de los días felices? Eso es también un libro. El lugar en el que alguien ha escrito que nunca estamos solos.
Un partido de fútbol –recuerdo todavía de aquel verano de los catorce años- es mucho más intenso cuando uno conoce las reglas, la estrategia, el nombre de algunos jugadores. Pues bien, los libros también tienen un poco de instrucciones de uso de la vida. No dicen, por supuesto, cómo hay que vivirla, sólo nos hacen libres para montar las piezas de este rompecabezas gratuito e impagable, vertiginoso como un salto mortal.
A veces las palabras más llenas de sentido son también las más vanas. Libertad, eso dije. ¿Por qué leer, en fin? Porque nos hace libres. Libres para saber que nuestra vida es nuestra. Para saber también que no toda la gente ha tenido la misma suerte que tuvimos nosotros. Para saber que esa suerte imprevista no nos hace mejores.
Ni complejo ni orgullo: instrucciones para ponerse un tiempo en los huesos de otro, en la piel de cualquiera. Valgan grandes palabras por grandes ocasiones: compasión.
Leer sirve de poco si no sirve a la vida. Hay eruditos para los que diez mil libros no son más que una cifra. Sabio es el que transforma un dato en una idea para volverlo humano. Por eso toda biblioteca es antes un taller que un almacén, más viña que bodega.
“Tampoco a mí me gusta / pero al leerla / con absoluto desprecio / encontramos, al fin, / sitio para lo auténtico”. Así habla Marianne Moore en un poema titulado “Poesía”. A veces pienso, y pienso en el escándalo que sería para mis tías, que a los libros les conviene un poco de desprecio. Una lectura sin hacer concesiones. Es allí donde dan sus frutos más cuajados.
¿Por qué leer? La pregunta persiste.
Porque nos hace humanos. Y libres, compasivos. Y felices a veces. Y porque en ocasiones tampoco cuesta tanto, por más que cueste un mundo, dar la razón a nuestras tías solteras.


martes 20 de octubre de 2009

SIGLO DE ORO

Aprovechando que los alumnos de tercero están inmersos en el estudio de la métrica castellana...