"En algún lugar de la biblioteca hay una página que ha sido escrita para nosotros." (ALBERTO MANGUEL)

miércoles, 27 de junio de 2012

CARTA #854

Sé que te hice daño. Y lo siento. Lo siento con toda mi alma. Siento no haberte hecho todo el caso que necesitabas. Siento no haberte hecho más regalos para mantenerte contenta. Siento no haber cuidado de ti todas aquellas veces en que pedías auxilio a gritos y no me supe dar cuenta. Siento no habete escuchado cuando realmente tenías un problema. Lo siento.
Anhelo esos días en los que escalando por los salientes de tu fachada te daba los buenos días desde el otro lado de tu ventana. Y tú, con cara de sueño, me sonreías mientras me tirabas tu almohada por haberte despertado. Esperaba en el bando de madera que hay en la parte trasera de tu casa, en el jardín, observando tus flores preferidas, las amapolas, a que, con esa natural elegancia de tus andares, aparezcas con el pelo aún mojado por la ducha que acabas de tomar. Tu pelo todavía olía a tu champú de coco. Nos pasábamos las horas mirándonos y contándonos chistes malos, ¿te acuerdas? Te encantaba el de los aviones. No parabas de reír. No sé si por hacerme sentir bien, o tan solo porque te hacía gracia, de todos modos, me encantaba verte reír.
Por la noche nos podíamos pasar las horas mirando las estrellas. Me encantan las estrellas, me gusta observarlas, pero sobre todo me gustaba verlas contigo. No parábamos de reír. Lo adoraba. Adoraba mi situación. Te adoraba.
¿Recuerdas esa conversación? Creo que eso fue lo que cambió todo. Me preguntaste si uno de los dos se iba, qué haría el otro. Me reí inmediatamente. No conseguía imaginarme esa situación por nada del mundo. Y creo que fue esa risa la que te hizo enfadar. No entendia por qué.
Ya nada era igual. No reías como antes, si es que llegabas a hacer una mísera mueca con mis exitosos chistes. Por favor, dime qué es lo que te pasa, te decía, y tu respuesta siempre eran evasivas, y cambiabas de tema radicalmente.
Un día, aquel día, estoy seguro de que lo recuerdas, me lo contaste. Tengo cáncer, fueron tus palabras. En ese momento empezaste a llorar. También lloré. No es justo.
No te volví a ver hasta pasada una semana. Tu pañuelo rosa por encima de tu escaso cabello confirmaba tu enfermedad. Te sentaba genial, como todo. ¡No me crees nunca cuando te digo que a ti te queda todo perfecto! Pasamos la tarde juntos. Te sentías mal, y lo sabía. Al final de la tarde, nos fuimos al campo, a observar las estrellas. Cuando, una vez sentados en nuestro sitio favorito, me dijiste que no nos podíamos volver a ver nunca más. Necesitabas las sesiones de quimioterapia, y lo entendía, te esperaría, no me importaba esperar, siempre que fuese a ti, claro.
Ese fue el último día que te vi. Parece ser que el cáncer estaba demasiado desarrollado. Ahora estás en un sitio mejor, y yo, como todos los días, vengo aquí, a tu cama eterna, y dejo esta carta, junto con 17 amapolas. Sé que puedes leerla, y que a ti también se te saltan las lágrimas al hacerlo. Quiero que sepas que hoy las estrellas también gritan tu nombre. Ellas también te echan de menos.

Buenas noches, amor.
Te quiero.


ÁNGEL LÓPEZ GONZÁLEZ, 2ºC
PRIMER PREMIO RELATO PRIMER CICLO